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Sobre El Orden En Los Debates

Una persona piensa. Dos personas conversan. Tres personas debaten. Cuatro personas gritan. Cinco personas no se oyen.

La discusión de ideas sólo puede darse en diferentes espacios públicos, términos entendidos en la forma más amplia posible. Estos ámbitos pueden ser de la más diversas características.

Así, un debate se puede producir a lo largo de días en cartas de lectores publicadas en diarios. O en cuestión de horas en bitácoras de Internet. Otros debates son cuidadosamente orquestados para ser transmitidos en vivo en el horario central. Otros son tan públicos como lo alto de las voces que vienen desde el fondo del bar, al lado de la mesa de billar que está rota.

Pero toda discusión pública sobre una asunto requiere algún grado de orden. La gente educada provee ese orden por propia voluntad, porque no le teme a las ideas extrañas sino que las mismas son parte fundamental de sus propias certezas: confirman su posición. La gente inteligente, además, las tiene en cuenta. La gente inteligente y humilde, sabe cuando cambiar de posición o al menos admitir matices en sus posiciones. En otras ocasiones, ese orden proviene desde afuera, muchas veces, de quienes organizan el debate.

Un principio clave de los debates ordenados es el de la "igualdad de armas". A nadie se le ocurriría que es legítimo que en un debate presidencial un candidato pueda hablar diez minutos frente a las cámaras y que otro candidato presidencial lo deba hacer desde la tribuna o con menos cantidad de tiempo. En el afan de mantener este principio, las reglas de los debates suelen ser de lo más estrictas.

Porque lo que se quiere incentivar es la expresión de las ideas racionales, y evitar los mecanismos no racionales de comunicación.

Todavía confiamos en el experimento del Gobierno democrático que se basa en la libre discusión de las ideas, la confrontación de las mismas y la decisión informada de los ciudadanos. Lo dijo el juez Holmes en el famoso caso Abrams v. United States (1919):

“[La Constitución] es un experimento, como todo en la vida es un experimento. Cada año, si no cada día debemos hacer descansar nuestra salvación sobre alguna profecía basada en un conocimiento imperfecto” .

Ahora bien. ¿Qué son las campañas electorales si no grandes debates espaciados en días? Al menos eso deberían ser: el hecho de que no lo sean es síntoma innegable de una serie de problemas que limitan y empobrecen al sistema del que estemos hablando.

Y si las campañas son debates, los mismos deben ser regulados. Ahí está la razón por la cual el Código Nacional Electoral establece tantas prohibiciones. O la causa por la cual se limitan las contribuciones de campaña a determinados máximos y se prohíben otras. Es la razón por la cual existe la llamada veda electoral, la prohibición de realizar actos partidarios el día del comicio, entre otras tantas.

Se podrá discutir si esta clase de medidas son eficaces o no en su intención de mejorar la calidad del debate democrático, pero soy de los que creen que es bueno que estas reglas existan. Hay quienes válidamente estiman lo contrario.

Sin embargo, el libre debate no es más libre por carecer de reglas que lo ordenen. En ciertas condiciones, puede convertirse en un griterío en el que sobresaldrá quien tenga la voz más fuerte. Este ejemplo típico de cafetín porteño puede ser trasplantado a la arena política moderna. Sólo que la fortaleza de las voces no se juzgará por su volumen, sino por otros elementos. El dinero es uno de ellos.

En política, quien más dinero tiene, más fuerte grita.

Esta es una realidad que busca ser controlada a través de distintos tipos de relgas que establecen límites a los gastos de campaña, espacios mínimos en televisión, etcétera. En Estados Unidos, estas reglas merecieron ciertas objeciones constitucionales de parte de quienes entienden (no sin toda lógica) que la forma en que uno gasta su dinero para realizar actividades comunicativas es algo en lo que el Estado no debe entrometerse.

Este argumento pierde de vista que, de aceptarse un principio absoluto en ese sentido, el libre debate democrático estaría dominado por los ricos. Y no creo que esa sea la intención de la Constitución (adecuadamente interpretada a través de los principios morales y éticos abstractos que contienen sus disposiciones concretas, para salvar previsibles quejas de los originalistas, si es que hay de esos por estas pampas).

Además, quien tiene más dinero tiene más encuestas. Esto es así porque, las encuestas son mediciones parciales que pretenden ser representativas de un determinado colectivo. Se hacen muchas encuestas. Se difunden las que quiere el cliente. Quien más dinero tiene, más encuestas puede hacer. Y difundir las que le arrojen mejores resultados.

Yo creo que mercería ser objeto de debate si las encuestas pre electorales satisfacen algún fin útil a la democracia. Están suficientemente probados los mecanismos psicológicos que en los individuos inclinan la balanza a favor de la opinión mayoritaria. Al respecto, puede leerse el imprescindible libro La Espiral del Silencio de Noelle-Neumann. Las encuestas son técnicamente cuestionables y políticamente utilizables. Yo me pregunto si un título como el de Clarín del domingo pasado es útil para la democracia (me pregunto otras cosas sobre Clarín, pero esa es otra historia).

Son los títulos sobre los que se construye la idea del resultado cantado, que puede ser real o no. ¿A quien beneficia ese clima? A quien va primero en las encuestas. ¿Quien va primero en las encuestas? Quien tiene más dinero. Es un círculo. Del tipo vicioso. ¿En qué se perjudicaría la democracia si el tiempo de reflexión en materia de encuestas se extendiera a dos semanas antes del acto eleccionario? ¿O el establecimiento de gastos fijos para todas las campañas?

En fin. Son preguntas sin respuestas definidas. Pero con la extraña sensación de que el domingo algunos van arriba de un tanque, y otros con piedras y piedritas.

Escribimos esto antes de ver el post de Gustavo semi relacionado a esto, al que linkeamos aquí mismo. Ya habíamos hablado sobre esto a raíz de las elecciones porteñas.

¡Nieva en Buenos Aires!

Más precisamente, en Belgrano "R", en Tronador y Los Incas.



¿Hace cuanto que ésto no pasaba?

Actualización de la nochecita. Según mi viejo, la última vez que nevó "mi mamá era chiquitita". Los diarios lo confirman: la última vez fue en 1918.

Me imagino a mi abuela jugando en la vereda.

Autoheridos


Lo dijo el excelentísimo (detector de ironía: 93,4%) señor ministro del Interior de la Nación, Aníbal Fernández: los manifestantes de Santa Cruz se hieren a sí mismos.

Good job!

A estar atentos a lo que actualmente está pasando en Santa Cruz, que es muy bueno, ya que involucra a gente cansada del autoritarismo levantándose contra los señores feudales que gobiernan desde Buenos Aires. Al mismo tiempo, es muy malo, por la impunidad de la que por ahora goza el gobierno a control remoto del presidente.

Pueden seguir la información de primera mano en la agencia OPI.

Un Tucumano en la Davis

Mi primer impulso es llamarlo "corresponsal exclusivo", pero de puro caradura que soy nomás. El amigo Julio Coronel, por esas cosas lindas que tiene la vida, está en Gotemburgo, ciudad del reino de Suecia en dónde el equipo argentino de la Copa Davis enfrenta a los locales.

Videos y fotos exclusivas pueden encontrarse en su blog, Abre Boca. Fanáticos del tenis, agasájense.

Si, Puede Ser (o la Historia del Volante)

Finalmente, se confirmó que a los asambleístas que ayer fueron a protestar a Montevideo les confiscaron los volantes que llevaban para repartir. Las autoridades de la aduana uruguaya alegaron que no se habían realizado los trámites necesarios para ingresar los 500 afiches y 1.200 volantes.

Se los devolvieron antes de embarcar de regreso a Buenos Aires.

Seguramente, algún especialista en derecho aduanero de la vecina orilla y/o vernáculo podrá decir si esto es o no es razonable. Yo, por mi parte, no lo veo muy lógico.

Pero convengamos que los funcionarios públicos suelen ejercer la irracionalidad como hábito del juicio en casi todas las latitudes.

De todas formas, me llamó la atención la profunda reflexión dejada en un comentario en una entrada anterior que decía: “nene: aunque no lo creas hay países en donde no se jode” (sic). Y me quede pensando en el término “joder”.

En el caso, para el lector, joder es repartir volantes en una plaza.

Caminar las calles porteñas es llenarse de papelitos de todos los colores en los que se ofrecen transcripciones de monografías, monografías listas para entregar o fotocopias baratas de libros caros. A veces una tarotista ofrece sus poderes de preveer el futuro o la soberbia pretensión de unir parejas desunidas. Otras alguien regala (es un decir) fundas de celulares traídas de China. Y en contadas ocasiones, alguien invita a un mitín político de un partido que a nadie pero nadie le agrada.

En fin, la gente, a través de esos volantes –tan simpleas y baratos y ensuciadores de la vía pública- dice “cosas”. Seguramente no encontraremos allí los profundos análisis que llenan las páginas de El País, las soberbias entrevistas a filósofos de los fines de semana ni las plumas domingueras expertas en decir lo que le dicen sin decir que se lo dijeron.

Sin embargo, a través de volantes, la gente dice cosas. Y a veces pueden ser útiles.

Poco más que un volante era la gaceta que un barco británico trajo al Virreynato de Río de la Plata el 14 de mayo de 1810. Allí, las autoridades de la Real Aduana de Buenos Ayres no pudieron impedir que el pasquín llegue a las manos de algunos porteños inquietos y educados.

Cuando se enteraron que el rey estaba preso –y desnudo- y la Junta de Sevilla quería mandar sobre toda América, los lectores del volante se lanzaron a las calles a pedir un Cabildo abierto.

Menos de dos semanas después se iniciaba la caída de un imperio.

En fin. A través de un volante se expresan ideas.

Eso es joder.

Y no es poca cosa.

¿Puede ser?

Esta noticia no la entiendo. Bah, primero, no la creo. Francamente, se me hace muy difícil creer que sea cierta. Es la siguiente:

"La Policía de Montevideo secuestró los volantes que iban a repartir asambleístas argentinos en la Plaza Independencia de esa ciudad, adonde medio millar de vecinos se congregó para realizar una contramarcha en defensa de la papelera de la empresa finlandesa Botnia. Así lo aseguró a DyN Jorge García, miembro de la Asamblea Popular de San Telmo, quien lamentó que "nos están tratando muy mal, nosotros vinimos a prestar un brazo amigo, porque el conflicto se resuelve con el diálogo, y fuimos recibidos con un nacionalismo que no piensa". Según indicó, la Policía uruguaya secuestró los volantes que planeaban entregar en contra de la papelera que se construye en Fray Bentos "ni bien llegamos al puerto" de Buquebús, procedentes de Buenos Aires".


No lo entiendo. ¿En qué disposición legal y/o oscuro reglamento se basan para tomar esa clase de medidas? ¿Qué puede tener de peligroso unos cientos de panfletos? Pregunta a las autoridades uruguayas: ¿que libros puedo leer en el ferry para que no me los saquen a la entrada?

Repito: no creo que sea cierto.

Todos Contra Todos

Que le vas a hacer...

De víctimas y victimarios

Las declaraciones del presidente uruguayo Tabaré Vázquez en las que ubicó a su país en la posición de ‘mujer golpeada’ y a la Argentina en la del ‘marido golpeador’ se enmarcan dentro del juego de la opinión pública. Tal conclusión dista de ser aventurada: el mismo Vázquez dijo que ingresaría de lleno en ese camino el último día de enero. Del mismo modo, hace algunos días, el gobernador entrerriano Jorge Busti había dicho que los cortes de ruta impulsados por vecinos de Gualeguaychú ponen a la Argentina en lugar de victimario, cuando debería ocupar el lugar de víctima.

A la gente no le gusta ni los abusadores ni los maridos golpeadores. Más allá de la veracidad de la afirmación, resultó ingenioso por parte de Don Taberé.

Todos ¿amamos a Google?


Usamos Blogger. Nos quedamos tontos con Google Earth. Nos gusta Google Video. Amamos la capacidad de almacenamiento de Gmail. Nos agrada Picasa. Abandonamos a los diarios por Google News. Nos enriquecemos con Google Ad Sense. Y… etcétera, etcétera, etcétera...

Si bien estas aseveraciones no son (todas) reales, lo cierto es que Google se presenta ante los ojos del mundo como una de las corporaciones con mejor imagen a nivel de los consumidores. Su lema de "no hacer daño" haya sido tal vez el camino más fácil --cuando se hizo una empresa "pública" y empezó a cotizar en bolsa- para alejarse del modelo corporativo corrupto de Enron.

De todos modos, algunos meses atrás, sus políticas en torno a Gmail y Google Ad Sense habían despertado cierta preocupación en algunos grupos defensores de la privacidad en la era digital, tales como la Electronic Frontier Foundation. En esa oportunidad, realicé un análisis de la noticia con motivo de una materia de la Maestría. Puede leerse completo aquí, pero básicamente decía:

“Google fue siempre considerado un buen ciudadano corporativo”, dijo Chris Hoofnagle de EPIC. Esto es así porque Google tiene una filosofía corporativa muy particular: siempre se pone primero al consumidor y tienen una política expresa de evitar conflictos de intereses. (...) Pero Hoofnagle sostuvo que “el reciente ingreso de Google a la bolsa hace que la compañía tenga el deber legal de aumentar las ganancias de los accionistas”, lo que aumenta el temor de que la empresa abandone los elevados estándares a los que se ha comprometido.

"Por ello y por el hecho de que la buena conducta en el pasado no garantiza los comportamientos futuros, Google recibió los primeros golpes provenientes de ONGs que defienden el derecho a la privacidad".


Ese actuar correcto de la corporación mostró su cara hace una semana. Google se opuso a un pedido del gobierno norteamericano para que revele los registros de las palabras buscada por sus usuarios en el famoso buscador. El argumento del gobierno es hacer cumplir una ley contra la pornografía por Internet.

Si bien el fin último perseguido por el gobierno es legítimo, las implicancias para la privacidad de quienes usamos Google son muy grandes. ¿Quién asegura que las múltiples búsquedas de las palabras terrorismo, Osama, o lo que fuera para una nota periodística no despertará suspicacias en un agente del FBI de imaginación exicitada y el autor de tan osada búsqueda terminará incluido en alguna lista negra que le impedirá ingresar a la nueva tierra prometida de la libertad?

No sería la primera vez.

La cuestión en el caso es la siguiente: ¿entre nosotros y el abuso del gobierno se presenta sólo la confianza en que el mismo actuará correctamente? Eso contradice la razón más elementales por los que los hombres, en algún momento de la historia, decidieron organizar sus gobiernos con sistemas de equilibrios de poder que se conseguirían a través de extraños sistemas de pesos y contrapesos. En cierta medida, el experimento funcionó. Se llama República.

Pero también es cierto que en el siglo XVIII, cuando se gestaron los principios constitucionales republicanos, la única entidad capaz de opresión era el Estado. Hoy, eso no es así. El Estado comparte ese lugar con las corporaciones multinacionales, muchas veces con bolsillos más grandes que estados como el octavo en territorio del planta. Google muestra que no es Santa Corporación, con acciones como ésta, "sólo" por ingresar al mercado más prometedor del futuro (eso dicen).

¿Pero que hay entre nosotros y el abuso de Google? La confianza en que actuará correctamente.

¿Volvimos al siglo XVIII?